Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

martes, 13 de febrero de 2018

Borne de Jeff Vandermeer


Borne de Jeff Vandermeer            Algo debe tener Jeff Vandermeer para que, a pesar de que ninguna de sus novelas me haya satisfecho, siempre acabe cayendo en sus redes. Supongo que se debe a que escribe bien y a que es un autor con ambición literaria, algo que no es tan frecuente dentro del género de la ciencia-ficción. Lo primero que leí de este autor norteamericano fue Veniss soterrada, una novela de la que apenas recuerdo nada a excepción de unos ridículos suricatos inteligentes y de que no me gustó. Cuando se publicó Southern Research habían pasado los suficientes años para que me olvidara del mal sabor de boca que me había dejado Veniss soterrada, además las grandes alabanzas recibidas por su entonces nueva obra me animaron a abordarla a pesar de mi alergia hacia las trilogías. El mayor problema de Southern Research es que creaba una expectación tan grande, como ocurría en la serie de televisión Perdidos, que era imposible encontrar un final acorde. Borne ni siquiera logra concitar esa expectación.

            En un mundo desolado, devastado por la Compañía y en el que las criaturas artificiales llamadas biotecs campan a sus anchas viven Rachel y Wick. Se consideran afortunados porque cuentan con un refugio mucho mejor que los demás. Wick se dedica a fabricar nuevos biotecs o mutaciones con los que poder traficar y defender la casa. Rachel es una recolectora y su labor consiste en proporcionar a su pareja el material que necesita para su trabajo. Deambula por lo que queda de la ruinosa ciudad sorteando numerosos peligros con el objetivo de recuperar restos que piensa que pueden serles útiles. En una de esas exploraciones encuentra a Borne. En un primer momento es una criatura del tamaño de un puño que recuerda a una anémona. A partir de entonces Rachel se dedica a criar y educar a Borne a espaldas de Wick.

            Así resumida la trama puede tener cierto interés y tras leer las primeras páginas uno puede llegar a pensar que la historia va a depararnos excitantes sorpresas, pero el problema es que no hay mucho más, y lo que hay resulta disparatado si no completamente grotesco; empezando por Mord, un oso gigante que puede volar y su ejército de ositos asesinos. Tengo la impresión de que Vandermeer ha querido convertir un cuento infantil con osos y una criatura que parece surgida  de una película de dibujos animados y de la que hablaré después, en una historia “weird” para adultos. Como ya ocurriera en la trilogía  Southern Research, Vandermeer está más interesado en la ambientación, en la creación de un paisaje insólito o incluso de una ecología que en el propio argumento. Mientras que el mundo que nos mostraba en su obra anterior poseía cierta fascinación, en Borne carece del menor interés.

            Como protagonista de una obra de Pixar, Borne tendría su gracia, pero en una obra de ciencia-ficción con cierta ambición resulta infantil y poco verosímil. Hay escenas que parecen sacadas de los dibujos animados. La facilidad con la que Borne cambia de forma según su estado de ánimo, la forma en que sus ojos revolotean por la superficie de la criatura..., todo eso estoy convencido de haberlo visto antes. En concreto hay una escena en que Borne despliega el auricular de un teléfono que estoy seguro de haber visto (o algo parecido) en una producción de la Warner Bross.

            Al igual que sucedía en Southern Research Vandermeer acaba sin resolver los interrogantes que plantea y termina la historia sin explicar prácticamente nada. Lo peor de todo es que una vez que Borne crece, sus diálogos con Rachel, lo único que me atraía del libro, dejan de tener lugar y la novela se hace cada vez más aburrida. También se vuelve aburrida porque los personajes dejan de interesarme, la trama es cada vez más disparatada y no se atisba solución. La conclusión llega de golpe y con una facilidad que nos hace preguntarnos si era necesario esperar tanto. Dicen que nunca hay que decir nunca jamás, pues, creo que yo voy a hacerlo con Vandermeer.

lunes, 29 de enero de 2018

Torres de Babel de Ian Whates

Torres de Babel de Ian Whates            Uno se debe a su blog y se toma en serio poder realizar al menos dos reseñas al mes. Pero ocurre a veces que los planes no salen como uno quiere y que el libro con el que uno cuenta para hacer la reseña resulta decepcionante. Lo siento por la editorial Sportula, una editorial minoritaria que entre otras cosas destacables ha publicado varias antologías de Mariano Villarreal. Lo siento por Ian Whates, que por la foto de las solapas parece ser una buena persona. Y sobre todo lo siento por esos otros autores que han quedado sin publicar. En cualquier caso, el daño que pueda hacerle Universo de pocos a los afectados es mínimo y eso hace que me sienta mucho menos culpable.
 
            Los dos primeros relatos que componen Torres de Babel ya nos ponen sobre aviso. El primero, Montpellier, es la típica historia ciberpunk con todos los peores tópicos del subgénero. El segundo relato, Dolores de crecimiento, está escrito sin gracia y parece proceder de otra época, de cuando se publicaban las novelas de a duro. Aún y todo lo peor está por llegar. El relato titulado De tiendas está escrito con una simpleza y una falta de profundidad que uno podría perfectamente llegar a pensar que ha sido confeccionado por un niño. Es el claro ejemplo de todo lo que no se debe hacer en literatura y cuesta creer que una revista haya encontrado interés en publicarlo. Sin embargo, entre toda esta maleza sin desbrozar brota una flor inesperada y hermosa como es el relato Rosa del segador. Un cuento bien escrito, original y con un gran final. Hay otros relatos que tampoco están mal, aunque les falta algo de chispa como El fusil o Niñaoscura, el resto carece de excesivo interés o está escrito en un estilo algo trasnochado.
 
            Intentando ser positivo podríamos tomarnos el libro de manera didáctica y verlo como un ejemplo práctico del progreso de un escritor. El relato más antiguo del libro es de 2006 y el más reciente de 2016 y con cierto esfuerzo puede apreciarse una evolución. Es una pena que no estén publicados en orden cronológico para poder apreciar cómo la prosa de Whates va mejorando.

 
            Poco más puedo decir de este libro. Bueno, sí, aunque de esto no puedo echarle la culpa al autor. Me refiero a una expresión poco usual que utiliza constantemente el traductor. Como muestra un botón:
            “Llovía de la que salí del metro”.
            Más adelante vuelve a utilizar la misma fórmula:
            De la que daba la vuelta a la esquina un demonio rugiente saltó de la pared y me atacó”.
            Y así todo el libro. Una forma curiosa y que a mí me suena un poco pasada de moda. Sería interesante ver el original en inglés.
 
            Mi consejo final es que cojan su dinero y su tiempo y lo inviertan en otro libro, que los hay muchos y mejores. Dicho queda.

lunes, 15 de enero de 2018

El escondite de Grisha de Ismael Martínez Biurrun

El escondite de Grisha de Ismael Martínez Biurrun            En cierta forma El escondite de Grisha no ha sido la novela que yo me esperaba. Vinculaba más a Biurrun con el género de terror, tal vez porque había leído en alguna parte que su novela Infierno nevado era un homenaje a Lovecraft o puede que porque su última obra Inversiones haya sido publicada en Valdemar; en lugar de eso me he encontrado con un libro oscuro, complejo, que no resulta fácil de adscribir a ningún género en particular. Aunque El escondite de Grisha no es una novela terror, puede decirse que está escrita como si lo fuera. El tono de la novela además de sombrío es inquietante, una impresión que queda reforzada cuando descubrimos más adelante a quién se dirige su protagonista.

            El narrador y protagonista no tarda en poner las cartas sobre la mesa y desde el principio  parece querer advertirnos de que no nos va resultar nada fácil sacar conclusiones:
            “Es verdad, yo digo muchas mentiras. He aprendido a hacerlo con tanta naturalidad que podría conectarme a un polígrafo y hacerle creer que soy el hombre que descendió las escaleras del Eagle el veintiuno de julio de mil novecientas sesenta y nueve para dejar la primera huella en la superficie de la Luna.
            Contar una historia a través de alguien que no es sincero sin confundir al lector no es algo que resulte sencillo y tiene bastante riesgo. Cuando se opta por un narrador así es posible que uno acabe por no distinguir lo real de lo falso y que la trama derive en un espejismo hueco. Lo cierto es que Biurrun deja muchos interrogantes, aunque tengo la impresión de que ésa era precisamente su intención, que quería dejar su relato abierto a diferentes interpretaciones sin decantarse por ninguna de ellas en particular.
 
            La novela empieza cuando Olmo, un gigantón de dos metros que parece marcado por un pasado trágico, comienza a trabajar en una biblioteca de Madrid. Desde el principio se sugiere que cometió algo terrible en el pasado y según avanzamos en la novela se van desvelando detalles de lo que ocurrió. En la biblioteca conoce a Grisha, un extraño muchacho de diez años de origen ucraniano por el que desde el principio siente una gran curiosidad. El chico ocupa todas las tardes el mismo asiento y se sume en un trance que le impele a llenar un cuaderno de frases escritas en cirílico lo que provoca la burla de otros chicos. Lo más extraño de todo es que Grisha no conoce el alfabeto cirílico y por lo tanto es incapaz de entender lo que él mismo escribe. Olmo y Grisha, forzados por las circunstancias, deben emprender un viaje juntos para descubrir el misterio del chico y tal vez de paso restañar las heridas del hombre.

            Como decía, hay en la novela un deseo permanente de inquietar y de provocar extrañeza  utilizando elementos propios del género de terror, lo que hace que de vez en cuando encontremos frases como ésta:
            “Barcelona te recibe con un abrazo fingido pero no del todo hostil. Quiere examinarte antes de sacar sus conclusiones.”
            No me he equivocado al escribir el nombre de la ciudad, no es Carcosa ni Insmouth es Barcelona y en una época en que el Procés aún no existía. Esta, a veces, grandilocuencia y gusto por la metáfora parece quedar justificada cuando más adelante descubrimos este diálogo entre Olmo y su psiquiatra:
            “Tú me dirás: ahora exprésalo sin metáforas.” (Dice la psiquiatra)
            “Pero no sé hacerlo sin metáforas.” (Dice Olmo)
 
            Hay un personaje en El hombre en el laberinto de Robert Silverberg que no puede evitar transmitir todas sus emociones y pensamientos. Captar su alma desnuda es sumamente  desagradable para todos los que le rodean por lo que decide exiliarse a un mundo laberíntico. Precisamente todo lo contrario de lo que le ocurre al protagonista de El escondite de Grisha. Olmo es totalmente incapaz de sentir emociones y por lo tanto de demostrarlas (al menos eso es lo que asegura su protagonista) y su deseo más codiciado es volver a sentir para dejar de ser un robot, o un Nexus como dice su amante. Olmo tiene en la biblioteca su propio laberinto en el que esconder su falta de humanidad .
 
            En el libro se cita un poema de Emily Dickinson. Un poema que a pesar de no ser precisamente sencillo permanece grabado con firmeza en la memoria de Olmo y que puede darnos algunas claves de la novela. Transcribo la primera y última estrofa: 
 
Mi vida se había parado –  un Arma Cargada –
 en los Rincones –  hasta que un día
el Dueño pasó – me identificó y me llevó lejos –“
------
aunque yo así como él – podamos vivir largamente
él debe vivir más – que Yo–
porque yo tengo el poder de matar, sin – el poder de morir–

            Desentrañar los símbolos de esta extraña y personal novela se lo dejo a ustedes.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Detrás de sus ojos de Sarah Pinborough

Detrás de sus ojos de Sarah Pinborough            Comentar este tipo de libros que dependen tanto de la intriga, de la sugerencia sutil y de un goteo preciso de la información es una tarea delicada si no se quiere arruinar el disfrute a los potenciales lectores. Espero que perdonen la ambigüedad e imprecisión con la que resumo la historia, en cualquier caso y salvo honrosas excepciones siempre me han aburrido las reseñas que se extienden en la sinopsis.

            Louise, joven divorciada y madre de un niño, acomplejada después de que su ex la dejara  por otra, no vive precisamente sus mejores momentos. Se desvela por su hijo pequeño, no obstante eso no colma su vida por lo que en ocasiones bebe alguna copa de vino de más y ha ganado unos kilos. Deseosa de establecer nuevas relaciones, una noche en un bar conoce al hombre de sus sueños pero la suerte no la acompaña y el hombre resulta ser su nuevo jefe.  Para colmo de males está casado con una mujer que encarna el ideal de perfección a ojos de todos los que la conocen. Louise queda impresionada por la belleza y magnetismo de ambos, sin embargo hay algo que no acaba de entender. ¿Si David y Adele forman la pareja perfecta, qué hacía David tonteando con ella aquella noche? La atracción que siente Louise hacia la pareja acaba siendo  más fuerte que su sentido de la responsabilidad. Me doy cuenta de que reducida la trama a este burdo esqueleto parece más una novela de Danielle Steel que el relato de misterio y suspense que cabría esperar de la autora de La casa de la muerte. No hay que dejarse engañar, Pinborough sabe muy bien lo que se hace y lentamente, como una droga de la que es imposible desengancharse, va inoculando la duda en el lector y consigue que nos resulte imposible soltar el libro. Llega un momento en que descubrir la verdad se convierte en lo primordial y vamos relegando nuestros quehaceres diarios para devorar página tras página.

            Como suele ser habitual en los relatos de misterio, nada es lo que parece y la trama se complica a medida que vamos averiguando detalles del pasado de la pareja. Si la primera parte  del libro no destaca precisamente por su originalidad, transita por lugares comunes del género y se vale de instrumentos habituales cuya eficacia está demostrada como psiquiatras, tragedias  sin esclarecer del pasado, sanatorios psiquiátricos, sueños recurrentes y cuantiosas herencias, la última parte sorprende por su impecable evolución hacia el terreno de lo fantástico. Aún y todo hay que reconocer también el mérito de Pinborough en la primera mitad del libro al saber utilizar con eficacia estos archiconocidos componentes. Aunque la narración comienza siendo de corte realista, la autora va deslizando los elementos fantásticos de una manera muy natural, casi sin que nos demos cuenta y sin que chirríen en nuestra mente.

            Como decía, Detrás de sus ojos es uno de esos libros que una vez empezados cuesta dejar, ideal para leer en vacaciones y que no tiene más pretensión que la de entretener y de paso inquietarnos con un gran final. Se trata de un final que puede que no guste a todos y que en estos días de “lo políticamente correcto” me ha sorprendido gratamente. Escribe Pinborough sin largas descripciones y apoyándose principalmente en los diálogos, lo que facilita aún más su lectura. Una novela que seguramente a Hitchcock le hubiera encantado trasladar a la gran pantalla.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

El alfabeto de fuego de Ben Marcus

El alfabeto de fuego de Ben Marcus            Lo que en primera instancia me atrajo de El alfabeto de fuego (2012) fue su premisa inicial, la de que el lenguaje pudiera convertirse en una enfermedad mortal. Una idea que puede parecernos contradictoria viniendo de alguien que se gana el jornal mediante la palabra, pero quién mejor que un escritor para entender lo nocivas que pueden llegar a ser las palabras. Ya en su primera novela Notable American Women, que por cierto no ha sido traducida al castellano, Ben Marcus especulaba sobre el lenguaje.

            La novela arranca cuando el mal ya se ha extendido por Norteamérica y Sam junto a su mujer, Claire, es obligado a abandonar su hogar. En un principio se desconoce el origen de la enfermedad y los desconcertados médicos renuncian a investigar algo que no logran comprender. El mal ataca sólo a los adultos y se manifiesta con unos síntomas muy variados y chocantes: vómitos, erupciones en la piel, entumecimiento de la boca, reducción facial y muerte. Marcus esboza al comienzo un escenario muy confuso: aunque los primeros casos se produjeron entre los judíos, finalmente la enfermedad acaba por afectar a todo el mundo. Lebov, un científico al que nadie da crédito, lleva alertando desde hace tiempo de que la causa del mal reside en el habla de los niños. Los hechos acaban por darle la razón y el malestar de los padres afectados queda agravado por la tortura que supone no poder acercarse a sus hijos. Así, en su huida, Sam y Claire deben abandonar a Esther, su hija adolescente y origen de sus males. Esther no es una hija complaciente y en lugar de compadecerse de sus padres y de callar para no empeorar su estado les hiere sin piedad alguna con su lengua punzante. Los mejores momentos de la novela se producen en estas disputas llenas de ironía y malaleche entre padre e hija.

            Un relato así carece de sentido si no tiene una intención metafórica, algo que la hermética prosa de Marcus parece confirmar  (uno tiene la sensación de que cada una de sus frases tiene un sentido oculto). El origen de la enfermedad y sobre todo los exabruptos de Esther, con los que literalmente lacera a sus padres, nos podrían hacer pensar que la novela es una reflexión sobre la dificultad para comunicarse con los hijos adolescentes, o una metáfora sobre la tiranía que estos ejercen sobre unos padres que buscan ante todo complacer a sus hijos. Sin embargo, la historia acaba complicándose con oscuros preceptos hebreos enviados por improbables cables subterráneos. Estos cables suponen uno de los elementos más controvertidos y decepcionantes de la novela. Sam y Claire disponen de una rudimentaria cabaña en el bosque que les fue adjudicada en el momento de casarse y a la que llega uno de estos cables. Para poder escuchar los sermones que transmiten los cables es necesario un perturbador dispositivo orgánico (todo en la novela resulta desagradable) que deben esconder cada vez que abandonan la cabaña. Este protagonismo de la religión judía además de inesperado me resulta decepcionante. No me interpreten mal, no tengo nada contra los judíos ni tampoco contra su religión en particular (un ateo como yo reparte su antipatía a todas las religiones por igual), pero se trata de un factor que no hace otra cosa que reducir el alcance del mensaje, que pasa de universal a estar dirigido exclusivamente a los que profesan esta religión, entre los que yo no me encuentro.

            Apenas se nos dice nada de los protagonistas en El alfabeto de fuego; por no saber, no sabemos ni cómo se ganaban la vida antes de la epidemia. Cuando la enfermedad es un hecho incuestionable Sam se dedica de una manera compulsiva y sin ningún criterio a buscar antídotos o remedios que luego ensaya con su mujer. Pero a pesar de sus intentos por encontrar una cura nada nos hace pensar que en su vida anterior haya sido médico o científico. Su método es el ensayo y error. Más adelante cuando busca un lenguaje que no resulte tóxico vuelve a utilizar el mismo sistema. Quizás se trate de una metáfora más, quién sabe, puede que de la misma vida. Por cierto, Marcus dedica demasiadas páginas a pormenorizar estas aburridas y arbitrarias tentativas.
 
            Hay algo en esta novela que me recuerda a Chronic City de Jonathan Lethem. La temática es muy diferente, pero en ambas tuve la misma sensación de estupor, de no saber por dónde agarrarla. En ambas se fuerza la credulidad del lector hasta cotas extremas y en ambas se producen momentos literarios brillantes que muy pocos autores logran suscitar. Puede que el problema de ambas estribe en forzar una metáfora precisa, de exprimirla en exceso queriendo sacar más oro del razonable.
 
            El alfabeto de fuego es una novela apocalíptica completamente atípica. Al contrario de lo que suele suceder en este tipo de relatos, la supervivencia pasa a un segundo lugar; lo que se evidencia desde el comienzo es la dificultad de sus protagonistas para comunicarse entre sí. Un libro que te hace sentir incómodo cuando lo lees, cuyas propuestas desconciertan la mayoría de las veces, con una idea central fascinante pero que no acaba de cuajar. Quiere abarcar demasiados temas (religión, lenguaje, relaciones familiares, culpa, etc..) y se queda tan sólo en un original experimento. 
            Con todos sus fallos, ojalá se escribieran más libros que demostraran el mismo atrevimiento que éste.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El bosque oscuro de Cixin Liu

El bosque oscuro de Cixin Liu            A decir verdad la primera parte de El Bosque oscuro de Cixin Liu no ha podido ser más decepcionante, aunque el último tercio del libro que inicia la trilogía, El problema de los tres cuerpos, ya parecía augurar este declive. Leí esta novela hace un año y hubo dos elementos que me atrajeron y sorprendieron. Me refiero por un lado al momento histórico tan crucial en el que se desarrolla gran parte del libro (La revolución cultural china), de la que el autor habla sin omitir ninguno de los horrores que sucedieron entonces (sorprende que pudiera ser publicada en su integridad en China), y por otro lado el imaginativo mundo de los tres soles que en ella se describe, un mundo que por sí sólo hace que el libro merezca la pena ser leído. Sin estos dos elementos de la trama, que quedan relegados al final de la novela, El problema de los tres cuerpos pierde toda su fascinación. El bosque oscuro es continuación directa de esta última parte de la novela, con lo que arrastra consigo todos sus defectos y muy pocos de sus atractivos.

            Desde el inicio del libro cuesta concentrarse en los numerosos personajes que Cixin Liu nos presenta sin que sepamos muy bien a dónde quiere llevarnos. Carecen de interés y cuesta recordar quién es quién, sobre todo para un occidental como yo al que todos los nombres le suenan igual. Se nos cuenta sobre un plan para combatir a los Trisolarianos. Como recordarán los que leyeron El problema de los tres cuerpos, a consecuencia de los “sofones” enviados por los Trisolarianos, nada de lo que ocurre en la Tierra a excepción de los pensamientos humanos escapa a su observación. Para empeorar aún más las cosas, estas escurridizas partículas impiden que la ciencia humana pueda avanzar. No me pidan que explique lo que son los “sofones”, porque no hay nadie que lo entienda. Piensen en protones desestructurados como las tortillas de patatas de la cocina de autor, yo así me los imagino aunque de poco me sirve. Bueno, el caso es que para combatir a los Trisolarianos, a Naciones Unidas no se le ocurre nada mejor para evitar que los“sofones” intercepten sus planes que elegir a una serie de personas con el fin de que cada una de ellas idee una estrategia de defensa, la guarde en su mente y no la comparta con nadie. A estos elegidos se les denomina “vallados” y la responsabilidad de salvar la Tierra queda por completo en sus manos. La historia avanza dando bandazos y demorándose en exceso. Tras varios hermosísimos amaneceres y atardeceres y algún que otro cielo azul pero que muy azul, la cosa por fin se pone interesante. Han hecho falta doscientas páginas.

            La novela es muy irregular y hay momentos fantásticos en los que comprendes por qué sigues leyendo ciencia-ficción que se alternan con otros realmente fastidiosos y aburridos. También es cierto que para poder disfrutar de estos momentos cumbre hay que hacer bastantes concesiones a la credulidad, porque en el fondo todo esto de los “vallados” y lo de los “sofones” es de lo más descabellado. En El Bosque oscuro se hacen más acusados los defectos de Cixin Liu a la hora de narrar. Las explicaciones que pone en boca de sus personajes se hacen más prolijas y la trama se vuelve más dispersa hasta el punto de que existen partes y personajes que podrían eliminarse fácilmente sin que el relato se resintiera. Los giros narrativos se multiplican y repiten hasta el punto de que uno acaba sospechando que el plan de tal personaje y de aquel otro no es lo que parece. Aún y todo, gracias a esas perlas que se guarda el bueno de Liu, uno acaba enganchándose a la lectura.

            La novela está escrita de una manera clásica, apoyándose mucho en los diálogos y en la lógica, lo que recuerda mucho a Asimov. Puede que su forma de abordar la literatura resulte hoy en día algo anticuada, pero lo bueno de que no se embarque en experimentos literarios es que se entiende lo que dice. Liu es un escritor que rebosa ideas, así en El Bosque oscuro llega incluso a concebir una explicación muy peculiar a la famosa paradoja de Fermi. En definitiva un libro que sólo recomendaría a los lectores muy asiduos de Ciencia-ficción.

lunes, 13 de noviembre de 2017

La casa del callejón de David Mitchell

La casa del callejón de David Mitchell            Siempre es un placer encontrarse con un nuevo libro de David Mitchell y más aún cuando apenas sobrepasa las 200 páginas. Acostumbrados como estamos a leer tochos suyos de 600 ó incluso de 700 páginas, como tenía su último libro, Relojes de hueso, esta disminución de tamaño supone una grata sorpresa. Llama también la atención que Mitchell haya optado por el  terror de corte fantástico y aún más que se haya ceñido al subgénero de casas encantadas. La literatura está llena de valiosos ejemplos de relatos de este tipo, clásicos como La caída de la casa Usher de Allan Poe, Otra vuelta de tuerca de Henry James o La casa en el confín del mundo de William Hope Hodgson y los que más repercusión han tenido en la literatura más reciente de casas encantadas: La maldición de Hill House de Shirley Jackson, La casa infernal de Richard Matheson y El resplandor de Stephen King. Con todos estos títulos (estos son sólo unos pocos), cabría pensar que queda muy poco margen para innovar en el género. A mí, que siempre me ha gustado la literatura de terror, he de confesar que las historias sobre casas encantadas nunca me han atraído en exceso. Mi impresión personal es que se trata de un subgénero muy gastado en el que queda poco o nada por inventar.

            Lo que sucede es que hablamos de un autor como David Mitchell cuya versatilidad ya quedó suficientemente acreditada en sus libros de historias conectadas (Escritos fantasma o El atlas de la nubes). Nos encontramos ante un escritor que destaca por su facilidad para crear personajes, no hablo sólo de los principales, hasta la figura más secundaria de sus libros suele mostrar una personalidad diferenciada. Sus tramas polifacéticas, engarzadas entre sí para componer una historia más compleja han acabado por constituir el distintivo de su obra. En este caso, sin embargo, Mitchell ha optado por escribir una historia mucho más sencilla, con menos personajes y más fácil de seguir. Podría decirse que en La casa del callejón se ha esmerado especialmente en que todo encaje a la perfección, como si quisiera dejar bien claro que aunque los sucesos que se relatan se desarrollan en el terreno de lo fantástico se rigen por una lógica inexorable. Al final del libro, como en las novelas de Agatha Christie, todo es perfectamente explicado de manera que no queda ningún misterio sin esclarecer, algo que puede sorprender en un relato de terror. El género de terror suele aprovecharse del miedo que todos tenemos a  lo desconocido, a lo imprevisible, a lo que no podemos controlar. Mitchell, sin embargo, en su penúltimo capítulo descubre sus cartas y apenas deja nada a nuestra imaginación. Todos los capítulos previos hasta ahora habían comenzado con alguien adentrándose en la misteriosa casa llamada “Slade House” y ocasionando que toda la parafernalia de apariciones y de sucesos extraños  habitual en este tipo de relatos se ponga  en marcha, pero en el penúltimo capítulo Mitchell rompe parcialmente con esta estructura, al tiempo que pone al descubierto la trama. Como consecuencia de ello el capítulo final pierde gran parte de su capacidad para sorprendernos.

            En La casa del callejón, como que suele ser habitual en los libros de Mitchell, nos  reencontramos con algunos de los personajes de sus libros anteriores. Concretamente en éste volvemos a toparnos con los enigmáticos Uróforos y Anacoretas que hicieron su presentación en Relojes de hueso. No desvelaré quienes son y pienso que cuanto menos se sepa de ellos mayor será el disfrute del libro, por lo que quizás sea mejor no haber leído su anterior novela.

            La casa en el callejón es una obra de una sencillez sorprendente, ingeniosa y amena en la que Mitchell vuelve a demostrarnos su gran talento. Se trata de una novela menos ambiciosa que las anteriores, pero impecable en su ejecución y con un final digno. Sin embargo para tratarse de una novela de terror echo en falta ese misterio del que hablaba antes. Además el autor ha prescindido casi por completo del enorme poder de la sugerencia a la hora de atemorizarnos, puede que en aras de una mayor verosimilitud. En cualquier caso una buena manera de introducirse en la obra de este autor inglés.