Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

lunes, 16 de octubre de 2017

"La carrera" de Nina Allan

"La carrera" de Nina Allan            Cuando me enfrento a este libro apenas conozco nada de Nina Allan. Sé que la nacionalidad de la autora es inglesa y por alguna misteriosa razón también recuerdo que su pareja es Christopher Priest, al que por cierto parece dedicarle la obra. No es mucho, sin embargo el simple hecho de que sea publicado por Ediciones Nevsky constituye suficiente garantía para que le dé una oportunidad.

            Debido a su estructura fragmentaria, La carrera no es una novela fácil de reseñar. En seis capítulos más un apéndice se nos relata la vida de cuatro personajes diferentes lo que ocasiona que la trama quede bastante desdibujada y no resulte sencillo resumirla y aún menos darle una interpretación clara. A pesar de ello he de decir que los dos primeros capítulos me parecieron realmente magníficos, Allan logró conquistarme desde las primeras líneas con su prosa envolvente e intimista. El primer capítulo se desarrolla en una Inglaterra empobrecida y devastada por el fracking, un mundo condicionado por un medio ambiente envenenado debido a la intervención humana, que ha dejado a su alrededor industrias ruinosas y minas abandonadas. En este desalentador entorno se nos cuenta la complicada relación que mantiene la joven Jenna con su imprevisible e impulsivo hermano. Cuando empecé la lectura del libro me chocó en un primer momento el apresuramiento con que se contaba todo lo que iba sucediendo, luego comprendí que quedaba perfectamente justificado por la edad de su protagonista, Jenna, que es también quien narra los hechos. El segundo capítulo es aún mejor, a pesar de la trampa que se descubre nada más comenzar (precisamente ahí, en la trampa, radica la conexión con el capítulo anterior). Su protagonista, Christy, nos vuelve a narrar una difícil situación familiar que parece tener sospechosos vínculos con la historia previa de Jenna: la amenaza una vez más de un hermano que se presiente violento y el vacío dejado por una madre que ha huido dejando a sus dos hijos y a su marido. Allan escribe con sencillez y sensibilidad y parece tener todavía las cosas claras. El siguiente capítulo está dedicado a Alex, y a partir de aquí el libro comienza a decaer. La historia de Alex sirve únicamente para explicar unos hechos que no quedan aclarados en el capítulo anterior. Allan se equivoca al incrustar en la mitad del libro este aburrido relato. La autora podría haberse valido de una forma menos discordante e incluso podía haberlo dejado pasar. Lo cierto es que el dato que se nos proporciona apenas aporta nada y despoja al relato de un misterio que queda bien.
 
            En el resto de capítulos Allan parece perder parte de la inspiración que gozaba  en los precedentes e incluso sus metáforas resultan ser mucho menos acertadas. La historia avanza sin un rumbo claro y la autora no acaba de decidirse entre centrarse en sus personajes o en apuntalar la trama. No todo es desastroso, hay momentos en que la autora recupera su buen hacer, pero la sensación que queda al final del libro es la de que podía haber sido mejor.
 
            Allan parece querer quedar bien con los movimientos más combativos en la actualidad, con el colectivo LGTB, con los grupos feministas, con los que son discriminados debido a su raza y si esto no fuera suficiente nos deja claro su firme defensa del ecologismo. Todo este “buenrollismo” resulta algo forzado y no armoniza con el tono sombrío de la mayor parte de la obra. La idea principal que parece subyacer en todos los capítulos de la novela, la dificultad de comunicarnos con otras especies, queda perdido entre toda esa maraña de personajes y tramas secundarias. Quedémonos con lo que La carrera podía haber sido si Allan hubiera sabido mantener el buen nivel de los primeros capítulos. En cualquier caso una autora a tener presente.

lunes, 25 de septiembre de 2017

El señor de las muñecas y otros cuentos de terror de Joyce Carol Oates

El señor de las muñecas y otros cuentos de terror de Joyce Carol Oates            Joyce Carol Oates forma parte de esos escritores como Philip Roth, Margaret Atwood, o Haruki Murakami que siempre están en las listas que confeccionan los medios (cuya procedencia nunca se conoce) de los candidatos con más probabilidades de ganar el Nobel de literatura. Con gran parte de su obra sin leer no puedo juzgar si Oates es merecedora de este premio, pero lo que no me cabe duda es de que se trata de una escritora portentosa, de esas que poseen una facilidad especial para construir tramas y personajes. Con admirable sencillez Oates es capaz de introducirse en la mente de cualquiera de sus protagonistas desde el más odioso hasta el más inocente y narrarnos lo que piensan y sienten con una veracidad pasmosa. Y da lo mismo que lo haga en primera o tercera persona, Oates consigue siempre que los comprendamos y vivamos la historia que nos cuenta como si estuviéramos dentro de sus cabezas. Esta facilidad para describir la personalidad de sus protagonistas y de hilvanar historias con ellos a veces juega también en su contra. Por ejemplo su novela La hija del sepulturero (Alfaguara) sería una obra maestra de la novela gótica si no fuera por ese último tercio excesivamente largo. Mientras leía dicha obra comprendí las facultades de su autora para escribir terror. Por eso en cuanto vi que “Alba Contemporánea” editaba El señor de las muñecas y otros cuentos de terror no dudé en comprarlo, más aún sabiendo que había recibido el premio Bram Stoker del 2016 a la mejor colección de relatos(un breve vistazo a internet me permite averiguar que ya había ganado en 1995 este premio, aunque en esa ocasión por su novela Zombi (Lumen)). También en 2016 ganó  el premio al mejor relato por The Crawl Space.
 
            Es muy probable que los lectores habituales de terror se lleven una decepción con El señor de las muñecas y otros cuentos de terror. Con esto no estoy diciendo que los relatos sean malos sino que hay que hilar muy fino para considerarlos del género de terror. En los cuentos de este libro más que terror sentimos angustia ya sea por lo que les sucede o por lo que pueda ocurrirles a sus protagonistas (los finales abiertos hacen sospechar lo peor). En los relatos de Oates no hay fantasmas ni criaturas aberrantes acechándonos desde el más allá, el miedo lo provocan los mismos seres humanos, ya se trate de una mente perturbada o venga dado por la presión que ejerce la familia o una sociedad enferma.
 
            El relato que da título al libro, El señor de las muñecas, y Mamaíta son los que más se aproximan al género de terror. En el primero Oates se mete en la mente de un hombre trastornado y nos narra su obsesión por las muñecas. Aunque desde el principio se intuye lo que ocurre, Oates con una sencillez sorprendente realiza la vivisección de un cerebro enfermo. Mamaíta es un cuento clásico sobre lo que le ocurre a los niños que confían en extraños, pero renovado por la pluma de Oates resulta una delicia.
            El tema que se trata en Soldado está mucho más alejado de lo que suele considerarse literatura de terror. El horror está en esa fracción fanática de la sociedad americana que es retratada por la autora con cierta distancia.
            En Accidente por arma de fuego Oates hace exhibición de sus grandes dotes como narradora haciéndonos vivir tanto el terror de su protagonista como la paradójica atracción que  siente hacia su atacante.
            La inseguridad de la protagonista de Ecuatorial hace que viva atemorizada por un marido que parece menospreciarla, pero al que sin embargo ama. ¿La acabará matando? Un suspense bien llevado, que a mi parecer se alarga en exceso.
            Con Misterios S.A. Oates pone fin a la antología con un relato en el que deja patente su amor por la literatura de misterio.
 
            Una excelente antología que se ve perjudicada por algún fallo de edición, pero recomendable para establecer un primer contacto con esta veterana y prolífica autora.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El zoo de papel y otros relatos de Ken Liu

El zoo de papel y otros relatos de Ken Liu            Oriente está de moda.  Desde hace unos años todo lo que venga de China o de Japón atrae cada vez a más público. Al decir esto no descubro nada nuevo. Nada tengo que objetar a este hecho, incluso me parece estupendo dado que llevamos demasiado tiempo dominados por la cultura anglosajona, sin embargo lo más probable es que se trate de una moda más que el ávido mercado intenta aprovechar. Existe incluso una editorial, Satori Ediciones, muy interesante por cierto, dedicada exclusivamente a la literatura Japonesa. Esta moda, al igual que la creciente fascinación por los shushis, proviene como en la mayoría de las ocasiones de EEUU.
 
            La concesión a Cixin Liu en 2015 del premio Hugo (si es que eso significa algo) por su novela El problema de los tres cuerpos ha extendido este auge de la cultura oriental a la literatura fantástica. Gran parte de la culpa de este fervor lo tiene el escritor de origen chino Ken Liu, autor del libro que nos ocupa. Con sólo once años se trasladó a EEUU, pero la cultura china ya había calado hondo en él. Precisamente Ken Liu tradujo al inglés la popular novela de Cixin Liu y recientemente ha reunido en una antología titulada Invisible planets lo mejor de la ciencia-ficción china contemporánea, que será publicada en la colección Runas de Alianza Editorial. De Ken Liu se habían publicado en España varios relatos así como su novela de fantasía La gracia de los reyes. Yo sólo conocía dos de sus relatos, Quedarse atrás y Algoritmos para el amor; el primero publicado en la web de Marcheto “Cuentos para Algernon” y el segundo en la recopilación de Mariano Villarreal titulada A la deriva en el mar de las lluvias. Dos relatos que están bien (me gustó más el primero), pero que por sí solos no pueden explicar la enorme expectación que ha originado El zoo de papel y otros relatos. Es verdad que no he leído La gracia de los reyes, (la fantasía épica no me seduce) y a lo mejor es tan rematadamente buena que por eso ha logrado captar el interés de tantos aficionados a la literatura  fantástica. Lo cierto es que mis expectativas al empezar este libro eran también muy altas, algo que la magnífica edición en pasta dura y la bonita portada no hacían sino alimentar. Expectativas que por desgracia se han cumplido a medias.
 
            Ken Liu es un escritor correcto pero que a pesar de la sensibilidad que intenta mostrar  no ha logrado cautivarme. Sus relatos en general son de lectura fácil y se leen con agrado aunque poco más se puede decir de ellos, y eso que el exotismo chino que los envuelve juega en la mayoría de los casos a su favor para un lector occidental.
 
            Su primer relato Acerca de las costumbres de la elaboración de libros en determinadas especies, es uno de los más originales. Recuerda un poco a Borges y a Calvino, aunque el hecho de estar escrito a modo de tratado científico lo hace un tanto pesado. Le gustan estos títulos largos y pseudo-académicos a Ken Liu.
            Cambio de estado, es un relato bastante original lastrado por un final moralizante en exceso.
            A Como anillo al dedo le sucede lo que a muchos de los relatos de la antología, le falta garra y capacidad de inquietar y puede que su planteamiento naif no juegue a su favor.
            Buena caza es un bello relato de fantasía en el que me molesta ese tono nostálgico de un pasado lleno de supersticiones frente al mundo moderno.
            El literomante es desde mi punto de vista uno de los mejores relatos de la antología. En él se nos narra unos hechos poco conocidos sobre la colaboración de EEUU durante la guerra fría con el gobierno de Taiwán y de la psicosis comunista existente en el momento.
            Simulacro parte de una idea interesante, pero su final se intuye con demasiada facilidad.
            Regulada es un relato policial apañado, aunque malogrado a causa de un típico final de telefilme en el que a su protagonista se le brinda una nueva oportunidad para superar un viejo trauma.
            El zoo de papel es un relato cruel, perjudicado por un exceso de melodrama.
            Manual comparativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados (como decía, le gustan estos títulos a Ken Liu) y Las olas son representativos de lo que menos me gusta del libro. Un tono en exceso sensiblero que Ken Liu parece confundir con lo que es auténtica  poesía. A estos dos relatos podríamos añadir el titulado Mono no aware historia típica de héroe que se sacrifica para salvar a todos y en la que el autor se emplea a fondo para crear un final lacrimógeno.
            Todos los sabores es un relato agradable sobre los chinos que emigraron a EEUU creyendo que harían fortuna trabajando en la construcción del ferrocarril. Tiene la virtud de contar con unos protagonistas muy simpáticos aunque poco más puede decirse de esta narración que bien podría ser un episodio de La Casa de pradera.
            Más divertido resulta ser El maestro de litigios y el rey mono, que cuenta además con la novedad de que se desarrolla en el siglo XVIII.
            El hombre que puso fin a la historia: documental se basa en las atrocidades cometidas por el escuadrón 731 durante la segunda guerra mundial. El problema que plantea recuerda mucho al que se debate en España en los últimos años sobre el derecho de los descendientes de las víctimas de la guerra civil a recuperar los cuerpos de sus familiares. El relato es interesante  sin embargo la tediosa machaconería con que está narrado y un final forzado al melodrama lo echa a perder. 
 
            Los relatos de El zoo de papel y otros relatos resultan en general amenos, asimismo nos hacen reflexionar en muchas ocasiones sobre cuestiones interesantes y cuentan con el añadido del exotismo de oriente además de un toque fantástico o de ciencia-ficción, pero a pesar de los muchos premios recibidos no puedo decir de ninguno de ellos que sea una obra maestra.

martes, 25 de julio de 2017

Carbono modificado de Richard Morgan

Carbono modificado de Richard Morgan            La editorial Gigamesh, que lleva un año imparable, ha reeditado esta novela de Richard Morgan publicada antes por Minotauro con el título de Carbono alterado (en inglés, Altered carbon, 2002). Esta nueva traducción, según se dice en la presentación del libro, está avalada por el propio Morgan, que habla con fluidez el castellano, así que no voy a entrar a comentar las distinciones semánticas entre los vocablos “alterado” y “modificado”. En cualquier caso, me alegro de que se haya reeditado esta notable fusión entre novela negra y ciencia-ficción.

            El planteamiento inicial de Carbono modificado es el clásico en una novela negra, es decir, la investigación de un incomprensible crimen. Lo sorprendente, y aquí ya entran elementos de ciencia-ficción, es que la víctima y el adinerado hombre que contrata los servicios del protagonista para averiguar lo sucedido son la misma persona. Esto es posible gracias a lo que llaman el “reenfundado”, que consiste en la introducción de la personalidad de alguien en otro cuerpo que puede ser un clon del original, un cuerpo ajeno o incluso uno creado artificialmente. En el futuro en el que se desarrolla la novela todas la personas llevan insertado en la nuca un diminuto dispositivo denominado pila cortical que almacena tanto su conciencia como sus recuerdos. La pila cortical permite que la muerte no sea definitiva y que baste con introducir este dispositivo en otro cuerpo, lo que denominan enfundado, para que cualquiera vuelva a la vida. Sin embargo, debido al coste que supone, sólo los más poderosos pueden permitirse almacenar clones de sí mismos. Morgan sabe aprovechar los recursos narrativos que le proporciona esta tecnología y además de una atractiva intriga detectivesca logra escribir una trepidante novela de acción. Como suele ser habitual en este tipo de tramas nadie es quien parece ser, el relato da bastantes vueltas y sólo tras muchos trompicones, disparos, desengaños, mucho sexo y violencia llega a su fin. Morgan lo hace bien, aunque puede que se le vaya un poco la mano con los continuos giros que da la historia. Hay quien dice que es poco original, que la idea de recuperar la personalidad tras la muerte ya se le había ocurrido antes a Greg Egan, pero, aparte de la dificultad que supone  inventar algo nuevo, es bastante habitual en el mundo literario utilizar ideas de otros escritores si éstas cuentan con potencial de sobra. Que se lo digan a Wells, ¿cuántos  relatos se han escrito y se escribirán sobre viajes en el tiempo? O a Karel Capek, al que se debe el término robot. La idea de la pila cortical es demasiada buena y estoy convencido de que en el futuro proliferarán las narraciones que se  aprovecharán de ella. Sin ir más lejos la novela Tocando fondo (Down and Out in the Magic Kingdom, 2003) de Cory Doctorow también se basa en este concepto.

            Existen muy buenos ejemplos de novela negra dentro de la ciencia-ficción y yo tenía la creencia de que además abundaban, sin embargo al ponerme a pensar en títulos no he logrado encontrar tantos. Si tuviera que confeccionar una lista, sin lugar a dudas la encabezaría con el extraordinario El hombre demolido de Alfred Bester; muchos pondrían a continuación el sobrevalorado Neuromante de William Gibson, aunque yo prefiero mil veces antes Cuando falla la gravedad de George Alec Effinger. Podríamos considerar también pertenecientes al subgénero la ingeniosa aunque dilatada en exceso Gente de barro de David Brin, la imaginativa La ciudad y la ciudad de China Miéville, quizás Cuarentena de Greg Egan... ah, y las novelas de Lavie Tidhar (que por cierto no salen muy bien paradas en este blog), pero no existen tantas obras como cabría esperar en principio[1]. Es una verdadera lástima, sobre todo para los que disfrutamos de este mestizaje de géneros. Por suerte, con Carbono alterado Morgan inicia una serie con el mismo protagonista que se desarrolla dentro del género de la novela negra y que tiene como elemento común el mismo protagonista. Sólo nos cabe esperar que el resto de novelas de la serie tenga la misma calidad.

[1] No incluyo las obras de Asimov con el robot detective Daneel Olivaw, que considero novelas policiacas pero no novela negra.

miércoles, 12 de julio de 2017

Cáscara de nuez de Ian McEwan

Cáscara de nuez de Ian McEwan            Evidentemente esta novela tiene poco que ver con la ciencia-ficción, sin embargo no me he podido resistir a reseñarla aquí por estar narrada nada más y nada menos que por un feto, una idea que me parece digna de un autor de ciencia ficción. A decir verdad, McEwan no ha sido el primero, existe un viejo relato de Brian W. Aldiss, que pueden encontrar En la estrella imposible, titulado Psíclopes en la que un embrión humano se comunica telepáticamente con su padre. El relato está contado en primera persona desde el punto de vista del feto y cuando su padre establece contacto por primera vez con él se lleva una buena sorpresa, pues no acaba de comprender que exista algo que no sea él, puro solipsismo. En cambio el protagonista y narrador de Cáscara de nuez es en todo momento consciente de ser tan sólo un feto y sabe que flota en el líquido amniótico dentro del cuerpo de una mujer a la espera de nacer. El gran mérito de McEwan es haber logrado escribir íntegramente una novela con la considerable limitación que supone un narrador encerrado durante todo el tiempo en el útero materno. McEwan demuestra aquí su experiencia y solventa el difícil reto con mucho humor y talento.

            Lo primero que choca de  Cáscara de nuez  es la personalidad arrolladora que el escritor inglés confiere a su hombrecito en ciernes. No llegamos a conocer su nombre, pero sí sus gustos, que no son precisamente los de un bebé ni tampoco los de una persona común. Las preferencias de la criatura están perfectamente asentadas y sería fácil imaginar que el Nesquik o los helados estarían entre ellas, pero no, lo que le gusta es el vino francés y no el de cualquier añada. Además de tener ideas bien claras sobre gastronomía, el nonato se permite opinar sobre cualquier tema ya sea de política internacional, del calentamiento global, de teorías agoreras sobre el futuro y de poesía inglesa. Nada se le escapa y así acaba por resultar el personaje más cabal de la novela. La arriesgada decisión de convertir al embrión en una especie de adulto (yo me imagino al propio McEwan encogido en posición fetal dentro del útero materno), aunque pueda parecer en principio algo descabellado, es uno de los grandes aciertos de novela, con el que el autor además de un punto de vista diferente imprime gran comicidad al relato. A pesar de la erudición que demuestra el protagonista, lo cierto es que sólo puede tener una precepción sesgada de la realidad y desde su encierro natural debe construir su mundo a partir de lo que escucha a su alrededor, esto es, de los zarandeos que le ocasiona su madre y de los alimentos que esta ingiere. Así, por las conversaciones que mantiene su progenitora con su amante deduce que su padre corre peligro y por lo tanto también su propio futuro como niño. En realidad la  anécdota que se narra es escasa y McEwan, que conoce las limitaciones que conlleva tener a su narrador enclaustrado, no alarga la novela innecesariamente por lo que logra que sus 217 páginas parezcan pocas.

            El McEwan que hace ya bastantes años nos incomodaba con los relatos incluidos en Entre las sábanas y con su novela El Jardín de cemento, o nos horrorizaba con El inocente, ha dado paso a un escritor más sosegado, irónico y de gran sentido del humor como demostró en Solar, una de sus últimas novelas. Se trata de una evolución natural y si McEwan ha demostrado algo es su capacidad de no repetirse. En cualquier caso he de decir que echo de menos un poco al McEwan más lóbrego y terrible.

            En definitiva una novela breve, muy divertida, con diálogos chispeantes y situaciones inconcebibles, que sólo la inusual perspectiva de un feto pueden proporcionar. Un libro además que cuenta con un protagonista único y entrañable, cuyo mayor deseo es poder tener su oportunidad y venir al mundo. No sabe lo que le espera.

lunes, 26 de junio de 2017

Un hombre sueña despierto de Lavie Tidhar

Un hombre sueña despierto de Lavie Tidhar            A veces debemos seguir nuestro instinto. Al muy espabilado le bastó leer la contraportada del libro para saber con qué nos íbamos a encontrar. Debí de hacerle caso, a pesar de las magnificas críticas que Un hombre sueña despierto había recibido y de los muchos premios que sigue cosechando su autor, Lavie Tidhar. Sí, debí hacer caso a mi instinto, sobre todo teniendo en cuenta lo poco que me gustó Osama, lo anterior que había leído de él y cuya reseña podéis encontrar en este blog. 
            Tidhar parece haberse especializado en fusionar las ucronías más descabelladas con la novela negra. En su obra anterior publicada en España, Osama, el famoso terrorista Bin Laden es un escritor de novelas pulp. En ésta que nos ocupa, Un hombre sueña despierto, un famoso nazi que se hace llamar Wolf trabaja como detective privado en Londres. ¿Qué será lo siguiente que invente Tidhar? ¿Un Franco convertido en cura pederasta? ¿Un Stalin danzando en el Bolshoi? ¿Mussolini repartidor de pizzas? Seguro que de estas ocurrencias saldrían historias divertidas y disparatadas, ¿pero sería buena literatura? Tal vez un amor desmedido por la literatura "pulp" es lo que impele al autor a escribir este tipo de cosas. Empiezo a creer que a Tidhar lo que realmente le pide el cuerpo es escribir "pulp" o "shund", como es llamado en la novela, y escribirlo además sin cortapisas. Luego, con la coartada de que se trata de un homenaje etc. y etc., nos lo intenta pasar como literatura de altos vuelos. La obra es una antología de todos los tópicos existentes sobre los nazis: ropa de cuero, látigos, sadomasoquismo, sexo sórdido, al que Tidhar le añade lo propio de la novela negra: mujeres fatales, policías sin escrúpulos, un detective que es continuamente vapuleado y una desaparición a investigar. Bien, pues si a toda esa ya suficientemente condimentada mezcla le añadimos además lo más representativo de la literatura basura: féminas lujuriosas, violencia descarnada y unos cuantos detalles escatológicos, lo revuelven, o si prefieren como James Bond lo agitan, obtendrán algunos capítulos de esta novela. Si de verdad están interesados en algo de este estilo, aunque mucho más entretenido y “heavy” además de con menos ínfulas, les recomiendo La imagen de la bestia de Philip José Farmer.
            La trama detectivesca tampoco es gran cosa; llega un momento en que para mí la intriga se limita únicamente a ir anticipando quién será el próximo que le dé una paliza a Wolf.  Nuestro desdichado detective no sólo recibe golpes, Wolf es sometido a todo tipo de vejaciones, incluso le orinan en varias ocasiones encima, lo que parece proporcionarle cierto gustirrinín. Wolf es un depravado y un vicioso al que la cabeza parece servirle sólo para recibir golpes. Entre paliza y paliza, y duchas de lluvia dorada, Wolf evoca momentos de su pasado que permiten adivinar quién es realmente. Evito el spoiler, pero es algo que se sabe prácticamente desde las primeras líneas y que incluso se revela en la contraportada del libro. La ausencia de una verdadera intriga y una trama errática (Tidhar comete el mismo error que en Osama) hacen que me desentienda de lo que cuenta. Por desgracia tampoco sintonizo con el humor de su autor, de manera que el tono cada vez más paródico y caricaturesco que va adquiriendo la novela tampoco logra recuperar mi atención. Lástima, porque Tidhar no escribe mal y aunque las revelaciones finales no pillan a nadie por sorpresa (la identidad de Wolf y el sueño de Shomer), he de reconocer que el último capítulo es brillante; para mí lo mejor del libro.
            Esta frase que dice uno de los prisioneros de un campo de concentración parece resumir a la perfección el propósito de Tidhar al escribir esta novela:
            “..., para escribir sobre el Holocausto hay que gritar y chillar y llorar y escupir, dejar que las palabras caigan sobre la página como lluvia mezclada con sangre; no se puede utilizar un distanciamiento frío, sino el fuego y el dolor, el lenguaje del “shund”, el lenguaje de la mierda, la orina y el vómito, del “pulp”, un lenguaje de cubiertas tórridas y emociones morbosas, de fantasía.”

martes, 13 de junio de 2017

Cuento:Amor propio

 No es el primer relato que escribí en mi vida, no recuerdo el título del primero y supongo que es  mejor olvidarlo, pero lo que si puede decirse es que con Amor propio inicié un tipo de relato fantástico más cercano a la vida cotidiana. La idea tras escribir varios seguidos del mismo estilo era reunir los suficientes para poder completar un libro. Ahí quedó la cosa. En cualquier caso espero que os guste.
  




AMOR PROPIO
por Carlos Morgenroth
  
          Una vez tuve un poder. No sé si lo tuve desde el principio, lo que sí puedo decir es que sólo fui yo mientras lo tuve.
          Si me hubieran permitido elegir, probablemente, hubiera escogido otro tipo de poder. Me  habría gustado ser invisible para hacer lo que me diera en gana sin ser visto; tampoco estaría mal ver a las chicas sin ropa; o leer el pensamiento de la gente; o que todo el mundo te obedeciera sin rechistar. Mi poder, de alguna manera, está por encima de todos los demás. Tal vez no sea espectacular al estilo de los poderes de los héroes de los comics, pero si te pusieras a cavilar te darías cuenta de que es el más útil de todos.
          Esta facultad mía me permite elegir el camino más adecuado en mi vida. Cuando se plantean varias alternativas, todo toma una tonalidad verde si he escogido la opción  adecuada, en cambio, todo se vuelve gris si estoy eligiendo mal. Utilizando el poder escogí mis estudios, mi profesión y mi mujer. Nunca falla. Con mi poder nunca corro riesgos, sé con toda seguridad qué es lo mejor para mí.