Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

viernes, 28 de abril de 2017

Visión ciega de Peter Watts

Visión ciega de Peter Watts            Son muchos los que consideran Visión ciega una de las novelas más importantes de la ciencia-ficción de los últimos años. No hay más que echar un vistazo en la blogosfera para ver la cantidad de comentarios que suscitó. Tras su publicación en España hace ya ocho años leí varias críticas y en general resultaron ser positivas, pero incluso en las más favorables se lamentaban de la confusa escritura de Watts. Esta lapidaria reseña de César Mallorquí logró disipar las dudas que me quedaban. Las pegas que le encuentra Mallorquí son completamente razonables y muy convincentes hasta el punto de que sólo después de todos estos años me he animado a comprobar por mí mismo si son justas. Ahora que he leído el libro he de decir que estoy bastante de acuerdo con todo lo que dice Mallorquí en su blog. La novela parece estar escrita para que se entienda lo menos posible, la trama es confusa, un disparatado vampiro desempeña un papel importante en la trama y los protagonistas parecen sacados de la feria de los horrores. Y si bien todo esto es cierto, y bastaría para desechar cualquier novela hay que reconocer también que posee importantes valores que intentaré destacar.
 
            Los relatos sobre el primer contacto con extraterrestres por clásicos que sean nunca han dejado de interesarme y Watts consigue darles una nueva vuelta de tuerca. Creo que puedo decir sin equivocarme que se trata de uno de los temas más queridos para los aficionados al género. Novelas que incluyen alienígenas las hay a cientos, pero en las que se cree una criatura científicamente plausible y que no resulte ajena en exceso no hay tantas. Desde los marcianos de  Una odisea marciana de Stanley G. Weinbaum hasta los “Anfitriones” de Embassytown de China Miéville podemos encontrar alienígenas para todos los gustos; a este variado repertorio ahora podemos añadir los trepadores de Visión ciega. Los seres concebidos por Peter Watts además de ser enormemente verosímiles plantean interesantes cuestiones sobre la inteligencia, lo que para mí supone el mayor aliciente del libro.
 
            Visión ciega nos hace reflexionar sobre la consciencia. ¿Para qué sirve? ¿Cómo surgió a lo largo de la evolución? ¿Qué ventaja supone para la supervivencia? ¿Podría existir inteligencia sin consciencia? Cuestiones estas que muy pocas obras de ciencia-ficción suelen abordar siendo éste un género, creo yo, especialmente adecuado para ello. En el futuro de 2082 que describe Watts mucha gente prefiere huir de la realidad y con el fin de “soñar” una vida mejor se conecta a “Paraíso”. La culpable de esta escapada generalizada a una realidad virtual para Watts es la consciencia. Seres menos conscientes o a punto de prescindir de la consciencia, como los vampiros que se saca Watts de la manga, no correrían ese peligro según el autor canadiense.
 
            Existen momentos en la novela de verdadero terror que nos hacen recordar la película Alien. Especialmente escalofriante es todo lo que les ocurre a los personajes al entrar en el artefacto alienígena (Rorschach), y lo consigue a pesar del poco interés del autor por ser comprensible. También cabe destacar el primer contacto con los extraterrestres. No puedo decir, sin embargo, que el mérito estribe en la prosa de Watts, que poco ayuda a transportarnos a ese mundo hostil y enajenante. Sólo el enorme interés y atractivo que suponen para el aficionado a la ciencia-ficción este tipo de relatos y la propia imaginación del lector pueden suplir estos escollos estilísticos.
 
            Entre los defectos de la novela que se suelen mencionar está la poca empatía que inspiran  los personajes. Es verdad que no resultan demasiado simpáticos y que son todos muy raros, pero el problema que yo veo es que a pesar de sus extremadas anomalías y singularidades, (al protagonista le han eliminado un hemisferio cerebral, la lingüista tiene personalidad múltiple, el biólogo tiene toda clase de añadidos en su cuerpo, el que está al mando es un vampiro), no están suficientemente perfilados ni resultan memorables. El mayor despropósito es el caso del vampiro. Hay que ver la película que se monta Watts sobre una raza de vampiros que se extinguió en el pasado debido a un detalle completamente estúpido, que no voy a desvelar, para hacerlos creíbles. Para justificar su brillante idea proporciona diversos detalles científicos sobre su morfología y su manera de pensar. ¿Qué quieren que les diga? A mí un señor adulto que se pasa toda la novela chasqueando la lengua sólo me produce risa. Dicen que sí, que tiene su justificación al final de la novela, pero podría haber logrado el mismo efecto con una inteligencia artificial o un robot.
 
            Peter Watts tenía un material realmente fantástico para crear una gran novela, pero el estilo confuso, una ambición literaria que lo convierte la mayoría de las veces en ininteligible y unos personajes excesivos echan a perder la obra. Habría que estar en la cabeza de Watts para poder seguir sus diálogos o muchos de sus razonamientos. Sólo una enorme amor a la ciencia-ficción y una tenaz paciencia para leer cada frase dos o tres veces permiten llegar hasta el final del libro. Tampoco me convence el tono lúgubre y descreído, estilo novela negra, en que está narrada la historia, sobre todo siendo quién es el narrador. ¿No habíamos quedado en que funcionaba como una habitación china? En resumen, muy buenas ideas, interesantes especulaciones, buenos propósitos, pero escasa literatura. Ustedes verán si compensa.

martes, 11 de abril de 2017

Los gigantes dormidos de Sylvain Neuvel

Los gigantes dormidos de Sylvain Neuvel            Pues al final no me ha estallado la cabeza. Y eso que estuve considerando seriamente comprarme un casco antes de ponerme con este libro. A mí no me habría servido de nada, pero al menos los que están a mi lado, pobres víctimas que sin comérselo ni bebérselo recibirían una lluvia de partículas poco agradables, quedarían resguardados. Todavía sigo encontrando vidrios de un vaso que se me rompió hace un mes en la cocina, figuraos que fueran trozos de cerebro originados por unos de estos estallidos espontáneos. He de confesar que por ahorrarme el dinerillo corrí el riesgo y lo leí sin casco. Lo sé, soy un insensato.
            Supongo que algunos lectores poco curtidos quedaron descabezados de inmediato al vérselas con la singular estructura del libro. Los gigantes dormidos no está escrito a la manera de una novela convencional sino que se compone, si exceptuamos el prólogo, de diferentes archivos o expedientes cuya procedencia no se llega a explicar. Los documentos son mayoritariamente diálogos y entrevistas que tienen lugar entre un individuo misterioso y diferentes personajes. También contiene extractos de los diarios de estos mismos personajes, pero la obra se sustenta fundamentalmente en los diálogos y carece de descripciones. Gracias a que no es la primera vez que me encuentro con algo así, no hace mucho me leí El imperio de Yegorov, que lleva esto hasta sus últimas consecuencias, es posible que haya conservado intacta mi cabeza. Así que desde aquí le doy las gracias a Manuel Moyano por evitarme ese mal trago.
            Puede que las primeras cabezas explotaran en el capítulo inicial, en el que se cuenta como la niña Rose Franklin mientras pedaleaba con su bicicleta cae en un hoyo y descubre una mano gigante enterrada, una elegante mano de más de 6 metros confeccionada con una dureza incompatible con su ligereza, lo que hace pensar que tiene un origen extraterrestre. Puede que otras muchas cabezas cayeran unos capítulos más adelante, cuando el hombre misterioso de las entrevistas, al cabo de varios años junto a una Rose Franklin convertida en una científica eminente, organiza un equipo para buscar las restantes piezas de lo que se supone es un robot gigante. Yo logré llegar hasta aquí con la cabeza intacta y eso a pesar del evidente interés que logró despertar en mí Neuvel. Tal vez el infausto recuerdo que dejó en mí la serie de televisión Mazinger Z, en la que también encuentran unos autómatas gigantes procedentes de una antigua civilización, me haya servido de antídoto. Así que aprovecho para dar también las gracias a los creadores de Mazinger Z.
            A lo largo de la novela van apareciendo más piezas, un tórax, una pierna.., que se parecen demasiado a partes del cuerpo humano. Habrá que dejar a Neuvel que explique en las sucesivas novelas de la trilogía esta asombrosa coincidencia. En las viejas novelas de ciencia-ficción no era sorprendente que aparecieran marcianos con rasgos físicos idénticos al de los humanos, pero esto hoy en día sería imperdonable en una obra que pretende ser seria. Llegados a este punto comprendí que no iba ser con esta novela con la que estallara mi cabeza.
            Los gigantes dormidos es ante todo un eficaz thriller que cuesta dejar de leer. Neuvel maneja con pericia los diálogos, sabe cuando conviene una elipsis, ha meditado muy bien los  giros narrativos y gracias a todo esto logra crear una notable intriga. Sin lugar a dudas se trata de una obra muy entretenida, pero creo que mi cabeza no ha peligrado en ningún momento. Y es que lo siento, pero todo esto de los robots gigantes e invencibles no me lo puedo tomar demasiado en serio. No es más que literatura “pulp”, con unas vestiduras más modernas y molonas, pero “pulp” al fin y al cabo. El momento en que más peligró mi cabeza, y no porque fuera a estallar sino por los golpes que estuve a punto de darme contra la pared, fue al llegar al inesperado final del libro con el que el autor se propone engatusarnos para que leamos la segunda parte. Así que, recomiendo a los que tienen cierta propensión a que les estalle la cabeza que se provean bien de recambios para las sucesivas entregas que vayan viniendo.

jueves, 30 de marzo de 2017

Las visiones de Edmundo Paz Soldán

Las visiones de Edmundo Paz Soldán            Brodis, nau me toca hacer ki la reseña de Las visiones de Edmundo Paz Soldán. Mas no tengo el bodi para ello. ¿Y si me tomo unos swits antes? Me los echo en la boca uno, dos, tres. Yastá. No es fácil hablar de los irisanos, de los kreols o de los pieloscuras, mas que nada porque no tengo foking idea de quiénes son, tú. Wuf, wuf, wuf. Y antes prefiero desencarnarme o encomendarme a Xlött o Malacosa que releer este libro. Yastá, yastá. Lo he dicho. Plis, pedidme lo que queráis, mas no eso. Plis.
 
            No me he vuelto loco ni tampoco me he puesto ciego de swits o de otras sustancias alucinógenas como las que abundan en este libro, esto es sólo para que se hagan una idea de la curiosa  lengua en el que están escritos los relatos que componen Las visiones. El resultado es una mezcla de castellano, del que graciosamente se contraen algunas palabras, de inglés e incluso de alguna  palabra en alemán como “Geld”. Sin llegar a la complicación de Dudo errante de Russell Hoban o de El Artefakto de Iain M. Banks, (he de reconocer que lo que leí fueron las traducciones), este lenguaje por ingenuo y pueril que pueda parecer no facilita en absoluto la lectura de Las visiones. Aún así y a mi modo de ver éste no es el mayor obstáculo con el que se tiene que enfrentar el lector. Paz Soldán tiene cierta tendencia a cambiar el foco de atención en un relato que a lo mejor no supera las diez páginas tres o cuatro veces, de manera que uno no sabe muy bien adónde pretende dirigirnos. La experiencia se asemeja a viajar en la parte de atrás de una camioneta sin asientos, sin nada a lo que asirse y dando bandazos de un lado a otro.
 
            Estos relatos se sitúan en el mismo mundo creado por Paz Soldán en su novela Iris, aunque se supone que pueden entenderse por separado. Yo, que no la he leído, no he logrado hacerme una idea clara de lo que sucede. Al cerrar el libro lo único que me queda claro es que hubo una guerra nuclear en el pasado, pero sigo sin saber quiénes son los kreols, ni los irisanos, ni dónde demonios se sitúa la acción. Se describe un mundo de guerrillas, de traficantes, de militares que abusan de su autoridad y jueces y dirigentes que prefieren jugar a Clausewitz antes que poner orden, todo ello recuerda mucho a lo que viene sucediendo en muchos países de Sudamérica en la actualidad. Una realidad ya de por sí cruel y turbulenta, que no necesita ser enfatizada mediante la ciencia-ficción. Los pocos relatos que me han gustado son los que tienen menos relación con el mundo de Iris. Los pájaros arcoirís es un buen relato sobre la manipulación y la idealización de un líder. Artificial parte de una buena idea, por desgracia el autor no consigue un final a su altura. Anja es un relato de horror clásico que gana sobre todo gracias al contraste entre las cosas terribles que se cuentan y la ingenuidad del lenguaje utilizado por Paz Soldán. Luk también tiene cierto interés por la contradicción entre el deber y el horror que supone afrontarlo. Las visiones es un relato muy poco original sobre los remordimientos de un juez... Del resto de relatos algunos aburren más que otros y se entienden o no, pero ninguno de ellos me ha llamado la atención.
 
            Los experimentos narrativos que se llevaron a cabo alrededor de los años 70 en la ciencia ficción tipo A cabeza descalza de Brian W. Aldiss me dan ahora mismo mucha pereza. Eran obras en las que se pretendía plasmar también en la escritura las experiencias psíquicas provocadas por las drogas alucinógenas. Algo parecido a lo que hace Paz Soldán en muchos de estos relatos, aunque sin el valor añadido que puede suponer la novedad y la originalidad con  los que contaba Aldiss. El autor no nos lo pone nada fácil y la lectura de un relato como Dragón, de sólo unas doce páginas, se convierte en una verdadera tortura, un esfuerzo que según mi punto de vista no merece la pena acometer. Tal vez esté siendo injusto con Las Visiones y mi problema estribe en no haber leído antes Iris para considerarla una obra maestra; en cualquier caso, es algo que por el momento no tengo intención de comprobar.

lunes, 13 de marzo de 2017

Casa de soles de Alastair Reynolds

Casa de soles de Alastair Reynolds            Aquí estamos una vez más, a vueltas con la space opera. Desde hace tiempo tenía ganas de hincarle el diente a un libro de Alastair Reynolds, del que muchos aficionados a la ciencia-ficción hablan maravillas, pero la longitud de sus libros y el hecho de que la mayoría pertenezcan a una serie, en concreto de Espacio revelación, (ya saben que no soy muy amigo de ellas) siempre ha acabado desalentándome. Me da que algo muy parecido a esto lo he dicho ya en otra de mis reseñas. Bueno, a mí también se me acaba la imaginación. Pero como iba diciendo, siendo como es una novela que pertenece a la space opera, Casa de soles tiene dos virtudes nada desdeñables: Una, que es entretenida; dos, que no tiene secuelas.
 
            Casa de soles pertenece a ese subgénero mastodóntico de la ciencia-ficción en que todo es a lo grande, las naves en lugar de en metros se miden en kilómetros, las distancias en años luz y hasta los edificios pueden tener un millón de habitaciones. Reynolds no se contenta  con dilatar únicamente el espacio hasta lo increíble, también los lapsos de tiempo que maneja resultan exorbitantes. La misma acción que se narra en esta novela, creo (con estas cifras nunca se puede estar seguro), transcurre a lo largo de miles de años. Todo es enorme. Podría pensarse que en esta novela especular sobre el futuro consiste únicamente en agrandar a lo bestia elementos comunes de la ciencia-ficción y en parte es así, puesto que en la obra encontramos anillos de Dyson con un perímetro de una hora luz, criaturas del tamaño de un sistema solar, individuos clonados por millares y alguna cosa más que se me olvida. Lo cierto es que aunque Reynolds no inventa nada nuevo al menos sabe utilizar sus recursos adecuadamente.
 
            Poco se puede contar de la trama, que por cierto resulta bastante clásica, sin echar a perder las sorpresas que depara su lectura. Por un lado sabemos que hace millones de años existió una raza muy avanzada, la de los “Priores”, que desapareció misteriosamente del universo  dejando tras sí algunos valiosos artilugios. Sé lo que están pensando, como los “Heechees” que imaginó Frederik Pohl en Pórtico. Aprovecho para decir que si no la han leído aún, no pierdan el tiempo con esta torpe reseña y vayan a leerla. Los protagonistas de Casa de soles son miembros de los “Gentian” una organización cuyo fin además de perpetuarse es explorar el universo. Esta formada por clones de una misma persona llamada Abigail Gentian a la que el autor dedica el primer capítulo de cada una de las ocho partes que componen el libro. Lo cierto es que este relato intercalado dentro de la novela y en el que se cuenta el origen de los “Gentian” es una de las partes que más me han gustado del libro. El misterio lo aporta otra organización oculta llamada  “Casa de soles”,  que actúa en la sombra. Sí, ya sé lo que van a decirme, como en las Fundaciones de Isaac Asimov. ¡Y a mí que me cuentan! Si tienen alguna queja, diríjanse al autor. Ah, bueno, se me olvidaba decir que también hay un malvado traidor.
 
            Menos común es toparse en una space opera moderna con una historia romántica. Lo malo es que el autor no logra en ningún momento que el amor entre los protagonistas logre enternecer a nadie. La pareja de enamorados, Purslane y Campion, se van turnando en cada capítulo para contar la historia y no vean lo que lo que cuesta distinguir a la una del otro. Y aquí es donde fracasa la novela, en crear unos protagonistas diferenciados de carne y hueso que transmitan amor y pasión por los cuatro costados, algo que ni siquiera el bello y tierno final consigue arreglar. 
 
            La intriga está bien resuelta, hay tensión, batallas espaciales (para el que le guste, yo pienso que podía haberlas abreviado), crímenes, torturas futuristas, robots... todo lo que a un aficionado a este tipo de literatura le puede atraer. Si acaso el comienzo es un tanto titubeante y demasiado largo, no le habría venido mal una poda; es el caso, por ejemplo, de un personaje aparentemente significativo que desaparece repentinamente de la novela. Estoy convencido de que los amantes de la space opera clásica sabrán apreciarla.

domingo, 26 de febrero de 2017

Por último el corazón de Margaret Atwood

Por último el corazón de Margaret Atwood            Puede que el gran reconocimiento que se ha ganado Margaret Atwood o los muchos premios (Booker Prize, Arthur C. Clarke, Príncipe de Asturias) que ha recibido o incluso el hecho de que se trate de una de las eternas candidatas al Nobel intimide a más de uno y lo disuada de leer esta novela. Sería una verdadera lástima, porque Por último el corazón lejos de tratarse de una obra pesada y solemne sorprende por su ligereza, su sarcasmo y su humor desinhibido. 
 
            Atwood es sobre todo conocida por los aficionados a la ciencia-ficción por su estupenda distopía El cuento de la criada. Una novela que leí hace tiempo y de la que, aunque no recuerdo  muchos detalles, no puedo olvidar el sentimiento de tristeza que me dejó al finalizar su lectura,  algo desde luego muy diferente a la impresión que me ha transmitido el libro que nos ocupa. Atwood ha hecho varias incursiones más en la ciencia-ficción, Oryx y Crake, El año del diluvio y Maddadam conforman una trilogía que comparte el mismo futuro imaginado por Atwood, en el que tras una catástrofe ambiental los únicos sobrevivientes son unas criaturas modificadas genéticamente.
 
            Por último el corazón parte de una idea que en principio parece bastante descabellada, la de resolver los problemas de desempleo y delincuencia causados por la crisis financiera en los EE.UU. internando a los más damnificados en una especie de ciudad-prisión. Es lo que se conoce como el “Proyecto Positrón”. Todos los que se integran en él se comprometen a pasar un mes encerrados en una cárcel y otro mes viviendo en una maravillosa colonia que parece rescatada de un catálogo inmobiliario de los años cincuenta. Atwood se toma los primeros capítulos con una seriedad y un rigor que no anticipan el desternillante delirio ulterior al que se va precipitando la trama. 
 
            En la primera parte de esta distopía asistimos al declive económico de una típica pareja americana, Stan y Charmaine, que pasan de tener cada uno su trabajo y ganar un salario con el que se permitieron incluso comprar una casa a verse obligados a pernoctar en su coche, única posesión que les queda tras la crisis financiera del 2008. Llega un momento en que para Stan y Charmaine, hartos de vivir en la miseria y de la permanente inseguridad que les ofrece su vehículo, la mejor opción es ingresar en uno de los centros del “Proyecto Positrón”. A partir de aquí los enredos y las situaciones se multiplican y Atwood despliega su ingenio y su brillante sentido del humor burlándose de todo, del papel del estado, del capitalismo, de los roles sexuales, de las relaciones humanas, del amor, del sexo o de la cultura de los EE.UU.
 
            La historia transcurre a un ritmo vertiginoso, lo que hace que el libro se lea en dos parpadeos, sin embargo creo que sobre todo en su tramo final suceden demasiadas cosas en muy poco espacio de tiempo y algunos fragmentos me dan la sensación de haber sido improvisados y de necesitar una mayor elaboración. En mi opinión la autora ha querido explotar en exceso sus hallazgos cómicos, tal vez no haya podido contenerse ante la chispa y gracejo que su criatura iba adquiriendo capítulo a capítulo. De lo que no me queda ninguna duda es de que Atwood se lo ha debido pasar en grande urdiendo situaciones disparatadas. Algunas de las más enloquecidas son dignas de un episodio de los Simpson y esto no lo digo como una crítica peyorativa. Tanto la cárcel como la ciudad idílica del “Proyecto Positrón” permiten a la escritora canadiense sacar a relucir la miseria humana y los peores defectos de la sociedad americana actual. Una sociedad, en la que, por mucho que la gente escuche a Doris Day, nadie da nada sin esperar algo a cambio. En la que cada proyecto emprendido, por desinteresado o altruista que parezca, es impulsado o bien por el dinero o bien por el sexo. La autora se lo toma con humor, pero el panorama que describe no puede decirse que resulte esperanzador. La novela finaliza muy acertadamente en la ciudad de Las Vegas, prototipo de esa sociedad superficial, infantil y de excesos de la que la autora se burla.
            Yo que ustedes no me la perdería.

lunes, 13 de febrero de 2017

Amatka de Karin Tidbeck

Amatka de Karin Tidbeck            Hasta hace no muchos años, a excepción de los aficionados a la ciencia-ficción, muy pocos sabían lo que era una distopía. Las distopías que conocíamos hasta entonces eran Nosotros de Yevgueni Zamiatin, Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell y poco más. Y es que con tan insignes antecedentes es comprensible que pocos autores se aventuraran a escribirlas. Ray Bradbury lo hizo en 1953 con Fahrenheit 451 y un año antes Bernard Wolfe también se atrevió con esa rareza que es Limbo. Otros ejemplos memorables son Las torres del olvido de George Turner, El cuento de la criada de Margaret Atwood, La naranja mecánica de Anthony Burgess o Los desposeídos de Ursula K. Le Guin. Desde luego no es mi intención enumerar todas las distopías habidas y por haber, me olvidaría de nombrar muchas, lo que pretendo decir es que además de infrecuentes se trataba de obras de gran profundidad intelectual que desde la crítica abordaban sobre todo temas políticos o filosóficos. A partir de la publicación en 2008 para un público juvenil de Los juegos del hambre de Suzanne Collins, novela que por cierto le debe mucho a otra distopía, La fuga de Logan, este subgénero se ha popularizado hasta extremos insospechados. Ahora nadie tiene miedo a hacer su propia contribución a la lista. En 2009 llegó El corredor del laberinto de James Dashner, en 2011 Divergente de Veronica Roth, y muchos otros títulos le siguieron hasta el punto de convertir este tipo de literatura en una moda que ha logrado que la palabra distopía pierda parte de la consideración y respeto del que gozaba antes. Lo cierto es que estas novelas juveniles se valen únicamente de la distopía para crear un escenario de aventura y de inconformismo generacional que poco tienen que ver con las obras que he mencionado al principio. En las distopías clásicas aunque la acción se desarrolla en el futuro, principalmente se habla del presente, un presente que se distorsiona y en el que se exageran los aspectos que el autor desea criticar de la sociedad o del estado.

            Por suerte nos queda la rusa Anna Starobinets, que con su novela El vivo hizo su  excelente aportación al subgénero, y también nos queda Karin Tidbeck, autora del libro que nos ocupa. Menciono a Starobinets porque, además de ser prácticamente de la misma edad que Tidbeck, su carrera parece seguir un curioso paralelismo con la de la sueca. De Tidbeck leí la colección de relatos Jagganath y lo cierto es que algunos de los cuentos que incluyen se confunden en mi caprichosa mente con los creados por Starobinets en Una edad difícil, se me hace arduo decidir quién concibió unos y otros. Ahora la autora sueca ha escrito también su propia distopía. Aquí no acaban las coincidencias ya que ambas escritoras son publicadas en España por la misma editorial: Ediciones Nevsky.

            Amatka es una distopía clásica, casi de manual, con el típico estado controlador y manipulador que vigila a sus ciudadanos y con una protagonista que comienza cuestionándose la verdad postulada por el poder. Vanja, la protagonista, es enviada desde Essre a Amatka con la “estimulante” misión de realizar un informe sobre los productos higiénicos que utilizan sus habitantes. Las investigaciones conducen a Vanja a interrogarse sobre algunos hechos poco claros sucedidos en el pasado. Amatka es sólo una más de las cuatro colonias que componen el mundo descrito por Tidbeck del que la autora sueca apenas nos proporciona información. Sus gentes viven temerosas intentando cumplir las rigurosas reglas que la comunidad ha establecido y con el miedo sempiterno a ser denunciadas por un vecino o un compañero por salirse de las normas. Nada de lo que he contado hasta ahora resulta demasiado novedoso ni creo que logre atraer a muchos lectores, sin embargo Tidbeck se guarda un importante as en la manga: en Amatka los objetos fabricados por ellos mismos dejan de ser lo que son y se convierten en una repugnante pasta si no se nombran las suficientes veces, es lo que llaman “marcaje”. Una idea que me parece fascinante.

            Tidbeck, con un estilo sencillo e ingenuo, ha creado una original y perdurable fantasía a la que, no obstante, le falta una mayor conexión con el presente, un vínculo que dé pleno sentido a la distopía. No resulta sencillo inferir la crítica que se oculta tras esta obra. Por otro lado deja demasiadas preguntas sin responder. ¿Si recomiendo la novela? No se la recomendaría a los que no les agrada que queden cabos sueltos. Ahora, si usted no entra en ese grupo, acuda a su librería más cercana, asegúrese primero de que el ejemplar esté en buen estado y de que no se escurre como si fuera papilla entre sus dedos y adquiéralo. Eso sí, antes de leerlo le aconsejo que repita en voz alta varias veces su título: Amatka.

domingo, 29 de enero de 2017

Futuros perdidos de Lisa Tuttle

Futuros perdidos de Lisa Tutle            Por alguna extraña razón éste es uno de los libros que más me ha costado reseñar. No se trata de una novela con una estructura especialmente compleja y su lectura no entraña tampoco una gran dificultad. A decir verdad, Lisa Tuttle escribe bien y se hace entender sin problemas. La obra no es enrevesada ni tampoco es necesario tener grandes conocimientos de ciencia, en concreto de física cuántica (disciplina que se menciona durante más de una ocasión en la obra), para su comprensión. Supongo que debe ser por todos estos motivos, en definitiva porque no hay nada que destaque especialmente, por lo que me cuesta tanto realizar una reseña de esta novela, que, por cierto, fue nominada para el premio Arthur C. Clarke en el lejano 1993.
 
            Futuros perdidos es la historia de Clare Beckett una mujer que por elección propia lleva una vida rutinaria sin apenas sobresaltos hasta que una mañana se despierta al lado de alguien  al que apenas conoce. A partir de ese momento Clare comienza a recordar acontecimientos de  su vida que nunca han podido suceder. En su mente esos recuerdos aparentemente falsos se confunden con los verdaderos sin que a veces Clare pueda distinguirlos. A las pocas páginas descubrimos además que algo terrible ocurrió en el pasado cuando ella era todavía una adolescente, algo que la atormenta y desgarra por dentro, algo por lo que Clare sería capaz de hacer lo que fuera para que no se hubiera producido. Tan fuertes son esos deseos de modificar su pasado que sueña con vidas alternativas. Sin embargo, y para desgracia de Clare, no le es posible controlar esas vidas. En manos de otro escritor podría haber dado como resultado una obra enrevesada y confusa, pero Tuttle sabe controlar el material que tiene en sus manos sin artificios o extraños experimentos formales y sin perder en ningún momento el rumbo de lo que quiere contar.
 
            Todos en nuestra vida nos hemos preguntado alguna vez qué hubiera ocurrido si hubiéramos tomado una decisión diferente a la que en su día tomamos, y seguramente hemos especulado sobre ello y sobre los efectos que podría haber tenido en nuestra forma de ser. Nuestra vida está llena de decisiones importantes que han tenido consecuencias. ¿De qué manera  hubiera afectado a nuestro presente si hubiéramos elegido estudiar algo diferente? ¿Qué hubiera ocurrido si me hubiera atrevido a decirle a aquella compañera de clase que me gustaba? ¿Qué hubiera ocurrido si..? El tema es interesante y otras novelas, como Volver a empezar de Ken Grimwood o Las primeras quince vidas de Harry August de Claire North, lo han abordado de manera diferente. Tuttle se vale de ciertas hipótesis de la mecánica cuántica que aventuran la existencia de múltiples universos para darle una mayor verosimilitud a su historia. Si aceptamos esta conjetura, cada vez que tomamos una decisión escogemos de entre uno de los infinitos cursos posibles que podría seguir nuestra vida. En los años en que se publicó por primera vez este libro la idea era realmente original, pero últimamente incluir cualquier cosa que tenga que ver con la ecuación de Schrödinger y el colapso de la función de onda se ha puesto de moda por lo que Futuros perdidos ha perdido gran parte de su fascinación original.
 
            A la novela no le falta interés y Tuttle logra sacarle partido a un personaje corriente que lleva una vida sin demasiadas emociones gracias a los diversos mundos alternativos a los que la autora lo enfrenta. Una novela correcta que sin embargo, no ha logrado impresionarme excesivamente. Tal vez en esa corrección, en ese transitar por los caminos más lógicos esté el fallo de la novela, y es que Futuros perdidos, a pesar de todos su méritos, en ningún momento me llega a sorprender.